CERTEZAS TRANSITORIAS

Sobre espejos y algoritmos. No hay nada más reconocible que una ilusión bien calibrada


M. C. Escher, Mano con esfera reflectante (1935). Galería Nacional de Arte, Washington D. C.


I. Vivimos en la era de la recomendación algorítmica. Sistemas que filtran y jerarquizan la información que consumimos a diario están constantemente presentes. Plataformas digitales como redes sociales, servicios de streaming o tiendas on-line nos ofrecen contenidos personalizados en función de nuestros datos y comportamientos previos. Esta omnipresencia, además de reorganizar el acceso a la información, transforma la forma en que construimos nuestra percepción del mundo y de nosotros mismos.

Los algoritmos actúan como espejos que nos devuelven reflejos de nuestras preferencias, hábitos, gustos (incluso, prejuicios). Cada vez que scrolleamos, el sistema nos sugiere contenido adaptado a nuestros intereses, y tomamos esas sugerencias porque en ese reflejo digital reconocemos rasgos de nosotros mismos (o al menos, de la imagen que el sistema ha construido de nosotros), hasta el punto de llegar a confundir ese perfil curado con nuestra identidad real.

II. La teoría del estadio del espejo de Lacan es una lente interesante para problematizar esa especie de ilusión de transparencia que estructura nuestra relación con los algoritmos. En ese estadio, el infante se identifica con la imagen unificada que ve en el espejo, pero ese reconocimiento es en realidad una méconnaissance; una identificación ilusoria con una unidad imaginaria que encubre su división. El sujeto se reconoce en una imagen idealizada de sí mismo, sin advertir que esa imagen es, en el fondo, una ficción.

Pienso que este mecanismo de falso reconocimiento hoy se extiende más allá de la infancia y resurge en otros dispositivos de autoidentificación. En el entorno digital contemporáneo, los algoritmos de recomendación funcionan como un nuevo espejo, puesto que nos devuelven una imagen de nuestras preferencias y hábitos que percibimos como fiel, cuando en realidad ha sido construida a partir de cálculos opacos, supuestos estadísticos e incluso criterios comerciales. Esta forma de méconnaissance describiría la ilusión bajo la cual interpretamos esas sugerencias como un reflejo neutral de nuestra subjetividad, sin reconocer el proceso activo de selección y filtrado que las produce.

El sujeto digital experimenta así una mezcla de reconocimiento y desconocimiento. Se identifica con el contenido sugerido sin advertir que esa afinidad ha sido modelada y anticipada. La playlist que parece expresar nuestro gusto musical, el feed de noticias que creemos imparcial, el perfil que asumimos como propio en una red social, la serie que sentimos que «nos define» porque «es justo lo que nos gusta», o la publicidad que nos interpela con una familiaridad que hasta puede resultar alarmante, son ejemplos de una imagen espejada que no revela, sino vela, las operaciones técnicas que la sostienen. Al identificarnos con nuestros perfiles algorítmicos, caemos en una forma de méconnaissance algorítmica, es decir, creemos afirmarnos a través de ese reflejo sin darnos cuenta de que se trata de una construcción parcial y muchas veces distorsionada.

III. La promesa de la personalización se presenta como un triunfo de la conveniencia (el sistema nos conoce y nos facilita aquello que deseamos), pero encierra una dimensión ideológica. Ayuda a sostener la creencia de que el usuario es soberano en sus decisiones digitales, cuando en realidad esa autonomía está profundamente condicionada. El algoritmo orienta las elecciones mientras el sujeto cree estar eligiendo libremente. Se configura algo así como una falsa conciencia digital, donde cada quien se siente dueño de su recorrido por Internet sin percibir los hilos invisibles que organizan sus opciones.

La ideología de la personalización refuerza la idea de que cada sujeto tiene un universo único de contenidos a su medida, pero cuando ese universo excluye la diferencia y la alteridad, la subjetividad queda atrapada en un juego de espejos que sólo devuelve versiones refinadas de lo ya conocido. Ante este panorama, la autonomía personal parece estar en jaque. Si esas decisiones (aparentemente libres) están moduladas por estructuras algorítmicas opacas, aunque no se perciban como imposición, aun así delimitan el campo de lo posible.

IV. Así, el algoritmo-espejo contribuye activamente a la formación imaginaria del yo contemporáneo. Nuestra subjetividad se ve moldeada por una imagen reflejada que, aunque familiar y reconfortante, es una ilusión cuidadosamente calculada. La méconnaissance algorítmica definiría la actitud dominante frente a estos sistemas. Confiamos en la neutralidad de sus consejos y adoptamos sus selecciones como si fueran nuestras, ignorando la intervención estructural que determina esas elecciones. Este desconocimiento consentido permite que los algoritmos orienten la atención colectiva y modulen progresivamente nuestras preferencias, afectando mucho más que lo que consumimos; también cómo pensamos y cómo nos percibimos.

Comprender esta lógica sería el primer paso para recuperar (al menos parcialmente) nuestra autonomía como sujetos digitales, cierta soberanía cognitiva ante dispositivos que operan por anticipación. La propuesta quizás no sea «resistir» la méconnaissance algorítmica como si fuera un error corregible (en Lacan, toda identificación supone necesariamente una forma de desconocimiento). Pero quizás sí es posible sostener una relación menos ingenua con el reflejo. Cuestionar la aparente naturalidad con que ciertos contenidos llegan a nosotros, abrirse a lo no previsto, a lo que no encaja, explorar sin que la elección esté anticipada. Todo eso puede atenuar el poder normativo del algoritmo y devolvernos, si no un yo verdadero, al menos una práctica más consciente frente a sus espejos. No necesariamente abolir la mediación, sino, en todo caso, desmarcarse de su imperativo de coincidencia.

— E.

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