CERTEZAS TRANSITORIAS

El futuro optimizado y el problema de hacerse cargo

Kazimir Malevich, Composición suprematista: blanco sobre blanco (1918). MoMA, Nueva York.


En Píldora roja (Caja Negra, 2023), Hari Kunzru compone una imagen particularmente nítida de uno de los futuros posibles más coherentes con las tendencias ya en curso. El diagnóstico aparece filtrado por la mirada del narrador-protagonista, un escritor neoyorquino que llega con una beca a una residencia en el Centro Deuter, en Wannsee (Berlín), desde donde observa el universo político, técnico y cultural que lo rodea:

«Enfrentamos, escribí, un riesgo inconmensurable, esto es: imposible de cuantificar. El efecto indirecto de algo que tarde o temprano lo eclipsará todo. Escribí sobre plagas, glaciares derritiéndose, ciudades anegadas y millones de personas huyendo, un futuro en el que los valores humanos universales serán devorados por un tribalismo cruel. Escribí sobre un sistema que, eventualmente, se deshará de la política pública por completo para reemplazarla por el arte de la negociación: una caja negra omnipresente y, a la vez, invisible para quienes no participen del juego. No habrá controles ni equilibrios, no habrá derecho a apelar las decisiones de los negociadores, no habrá “derechos” de ninguna clase, tan solo el crudo ejercicio del poder».

Sigue:

«Escribí sobre cómo nuestros sentidos empezarán a engañarnos. A medida que el viejo mundo ceda ante el mundo del código, y el único rastro constatable de la era del Antropoceno sea una nube de polvo y un calor sofocante, cada avance tecnológico hará que la intuición humana se vuelva menos confiable. La máquina no tiene los mismos objetivos que la humanidad. Los agentes artificiales tendrán prioridades e inteligencias que no estarán alineadas con nuestros intereses. Nuestra capacidad de medir y cuantificar todo trajo aparejada la lenta pero sostenida pérdida del aura, el fin de la ilusión de excepcionalidad que heredamos de una visión religiosa que puso al hombre como un ser excepcional por encima del mundo […]».

No hay en el fragmento una distopía espectacular ni una ruptura abrupta del orden político. Es un futuro administrado, gestionado, técnicamente razonable, funcional para quienes concentran capacidad efectiva de acción.

La clave, creo, está en la promesa que acompaña a la técnica. La idea de que la optimización puede reemplazar la decisión y que el cálculo puede suturar la contingencia, trasladando a los sistemas una serie de cargas que antes exigían palabra, exposición, conflicto, responsabilidad, disputa y asunción de consecuencias. Esa caja negra algorítmica funciona como soporte del deseo muy específico de no decidir, de no saber del todo. De no hacerse cargo. Acá resulta útil el concepto que Pfaller y luego Žižek trabajaron como interpasividad, una forma particular de delegación, en la que algo actúa en nuestro lugar, permitiéndonos seguir funcionando sin asumir plenamente la carga de esa acción.

Ese futuro resulta deseable para buena parte de the powers that be. Las decisiones siguen produciendo efectos distributivos fuertes, pero aparecen como resultados inevitables, neutrales, sistémicos, técnicamente justificados o simplemente derivados del funcionamiento normal de los procesos. Ese corrimiento de un gobierno por principios a un gobierno por procedimientos es el que Pierre Legendre identifica en el imperio del management; la erosión contemporánea de los montajes simbólicos que sostenían la autoridad y la transmisión. El poder se vuelve más eficaz al desprenderse de la necesidad de explicitar su fundamento o de darse una escena pública donde pueda operar un Tercero. Funciona así sin principio instituyente, apoyado en dispositivos que administran efectos sin producir referencia ni asumir responsabilidad.

En ese sentido, la cuestión de las mediaciones (deliberación, representación, responsabilidad política, conflicto explícito; reuniones, firmas, audiencias, instancias de reclamo) atraviesa todo el problema. La mediación es la condición para que la técnica no se convierta en un sustituto silencioso de la política; por eso es atacada, desacreditada y reducida a obstáculo innecesario, presentada como un rezago ineficiente u obsoleto que convendría eliminar.

¿Hay alternativa? Sí: aceptar que ninguna optimización sustituye el acto de hacerse cargo.

¿A qué me refiero? A (re)construir esas mediaciones y revalorizar instancias lentas, conflictivas y a veces torpes, hoy leídas como ineficientes, pero que son justamente las que hacen posible una forma de convivencia que no descansa en la ilusión de que otros (o los sistemas) deciden por nosotros.

¿Cómo? Asumiendo que esta alternativa es una práctica incómoda, conflictiva, capaz de abrir fisuras en un futuro que, por ser deseable para «los poderosos», necesita ser disputado en su forma concreta de funcionamiento cotidiano. Ahí donde deliberadamente se introducen fricciones: situaciones en las que algo efectivamente se resuelve, responsables con nombre propio, criterios explicitados y posibilidad real de impugnación; en la disputa perseverante por el lenguaje que nombra esas decisiones como elecciones situadas (y no como resultados inevitables); interrumpiendo la comodidad del «resultado del sistema» y devolviendo a la práctica política su dimensión de exposición, conflicto, compromiso y responsabilidad compartida.

— E.

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