Acheronta movebo. Made in Abyss y la tradición del descenso

I. En 2017, el estudio Kinema Citrus adaptó al animé el manga Made in Abyss de Akihito Tsukushi. La historia sigue el descenso de una niña (Riko) y un androide (Reg) hacia el Abismo. Un lugar inmenso, enigmático y lleno de secretos. Y a medida que cada capítulo progresa, la serie empieza a sintonizar con otras imágenes y figuras. De Virgilio a Freud, del Infierno de Dante al Underground de Undertale, de Alicia a Neo; distintas formas de una misma travesía hacia el fondo. Made in Abyss vino a reversionar, desde una perspectiva particular y novedosa, ese impulso antiguo de bajar hacia lo desconocido.
Al principio, la serie parece ofrecer una historia de aventuras como tantas otras. Una niña curiosa y un androide misterioso que deciden adentrarse en un abismo gigantesco en busca de respuestas. Así, el animé construye un mundo fascinante, lleno de maravillas biológicas y secretos arcaicos. Pero bajo esa primera impresión de colores suaves y personajes inocentes, la serie esconde, justamente, algo más profundo. Una reflexión sobre el acto mismo de descender.

II. Desde los albores de la cultura, el descenso ha ocupado un lugar central en nuestras narrativas. Esa figura tiene un nombre: katábasis (κατάβασις, del griego katá —«hacia abajo»— y baínō —«caminar, ir»—). Designa literalmente el acto de descender. Pero no en el sentido de un simple capricho literario. El descender entendido como una estructura profunda de la experiencia humana. Descendemos hacia nuestros miedos, hacia nuestras pérdidas, hacia zonas de nosotros mismos que no controlamos. Como si en cada cultura, en cada época, se repitiera la necesidad de imaginar ese viaje hacia el fondo.
En otras palabras, ese descenso no siempre responde a una necesidad externa. A veces emerge como deseo. Un anhelo de saber, de tocar lo prohibido. En Made in Abyss, el impulso que empuja a Riko y Reg es una atracción oscura, casi pulsional, que recuerda a un Ícaro invertido. El Abismo seduce.
Orfeo baja al inframundo en busca de Eurídice; Jesucristo, según el Credo de los Apóstoles, desciende a los infiernos para liberar a los justos; Dante, siglos más tarde, emprende su propia travesía hacia las profundidades del Infierno, en busca de comprensión y redención. Incluso en ficciones más recientes, como Alicia en el País de las Maravillas, Matrix, o Undertale, el acto de bajar hacia lo desconocido sigue funcionando como una metáfora poderosa. Atravesar un espacio extraño, inestable, donde las reglas habituales dejan de operar.
Made in Abyss se inscribe en esta tradición. El Abismo, trascendiendo su materialidad, no es simplemente un «pozo» físico. El Abismo es un espacio de prueba y de transmutación. Cada capa implica un umbral que, una vez cruzado, deja huellas que alteran para siempre la forma en que habitan el mundo. Y como en los relatos antiguos, descender implica exponerse a pérdidas irreparables, a metamorfosis imprevistas. Y no garantiza el regreso. Entonces, el descenso excede la literalidad del desplazamiento en el espacio. Es una alteración en el ser, una travesía que marca el cuerpo y la conciencia.

III. Desde los mitos antiguos hasta las elaboraciones modernas, el motivo de la katábasis ha persistido como una representación central del encuentro con lo desconocido. Freud, a comienzos del siglo XX, tradujo ese descenso mítico en el lenguaje del psicoanálisis. Bajar era internarse en el inconsciente. La exploración de los sueños, los lapsus o los síntomas repite, bajo otra forma, la misma lógica de la travesía hacia el fondo. «Si no me atienden los dioses del cielo —dice citando a Virgilio—, agitaré a los del mundo subterráneo.»1
La katábasis implica exponerse a perder las certezas que sostenían la identidad. La «maldición del Abismo» (ese castigo que desgarra el cuerpo y la mente al intentar ascender) funciona en Made in Abyss como una metáfora potente. No se puede simplemente «volver» después de haber conocido ciertas verdades. El Abismo transforma a quienes lo atraviesan, por su brutalidad, pero también porque obliga a ver eso que normalmente permanecería escondido.
Su marca se inscribe en la carne. El cuerpo se vuelve el escenario mismo de la transmutación. Las deformaciones, mutaciones o desgarramientos muestran dolor; pero además expresan la disolución de cualquier frontera estable entre lo humano y lo inasimilable. En ese sentido, el Abismo convierte el cuerpo en superficie abyecta.
Made in Abyss muestra que descender es un acto de exposición radical. Enfrentarse al dolor, al sufrimiento, a la vulnerabilidad, a lo ineludible. El verdadero viaje quizás no consiste en llegar a un destino, sino en aprehender lo que emerge en el trayecto. El descenso (por más que incomode) es el único camino hacia una comprensión más profunda de uno mismo.

IV. Uno de los rasgos más desconcertantes de la serie es su estética. La serie presenta un mundo vibrante, luminoso, habitado por criaturas de diseño adorable y protagonistas de apariencia frágil e inocente. A primera vista, todo sugiere una aventura juvenil, casi una fábula tierna. Sin embargo, alcanza con avanzar unos pocos capítulos para entender que esa superficie encantadora encubre una violencia implacable.
Este contraste intensifica el carácter trágico de la obra: la belleza del entorno resalta, por contraposición, la crudeza de lo que acontece. El Abismo no distingue entre lo sublime y lo atroz. Todo convive en él de manera indiferente. Su lógica no es moral ni justa. El sufrimiento puede golpear a los más inocentes; la muerte puede llegar en medio del esplendor. Y es precisamente esa indiferencia lo que hace que el descenso sea tan perturbador. Este mismo contraste aparece, por ejemplo, en el mito de Orfeo, cuya travesía en el Inframundo, aunque marcada por la belleza de la posibilidad de recuperar a su amada, se ve ensombrecida por la tragedia del fracaso y la pérdida definitiva.
La serie no se detiene en la violencia gratuita ni en la tragedia melodramática. Cada herida, cada dilema irresoluble, marca a los personajes de manera irreversible. No hay verdadera «superación» ni enseñanza edulcorada. Hay, más bien, transformación, a veces brutal, cruda; a veces apenas soportable. La desintegración de las ilusiones infantiles, de la seguridad en el mundo, es parte del precio de bajar. Es este proceso de desintegración lo que otorga a Made in Abyss su potencia. Como en los relatos de katábasis, descender es también perder una parte de uno mismo. La caída de la identidad anterior se convierte en el núcleo de la transformación, y el Abismo destruye lo que no puede sostenerse.
En Made in Abyss, el descenso no es tanto un viaje heroico. La belleza de su animación, su música envolvente y su diseño de escenarios solo refuerzan esta paradoja. Cuanto más cautivador se vuelve el Abismo, más letal es su abrazo.

V. En la serie, el descenso transforma el cuerpo, pero también altera la subjetividad misma. Cada capa del Abismo expone a Riko, Reg y Nanachi a experiencias que no pueden ser procesadas con las categorías anteriores a la bajada. El dolor físico, las pérdidas irreparables, la exposición constante al límite de la vida y la muerte son momentos de ruptura interior. Cada nueva capa es, de alguna forma, un enfrentamiento con algo que estaba en las sombras.
El descenso, así, también trastoca la experiencia del tiempo. En las capas más profundas, la duración se distorsiona, el presente se estira. Esta alteración implica una suspensión de la linealidad, una irrupción de lo extracrónico. Como en los mitos antiguos, el tiempo del Abismo no es el tiempo de la historia, sino el tiempo del trauma. Circular, detenido, reverberante.
La travesía hacia el fondo se convierte así en una travesía hacia la alteridad interna. Como en las grandes narrativas de katábasis, más allá de la literalidad de atravesar un espacio hostil, se trata de sobrevivirse a uno mismo. El descenso, en este sentido, es tan geográfico como psíquico. Cada paso produce una fisura en la identidad de los protagonistas. Ya no son quienes eran cuando comenzaron a bajar, pero tampoco saben del todo en qué se están convirtiendo. Es el mismo proceso que Dante experimenta al atravesar el Infierno. Descender significa enfrentarse a la propia transformación. Es el descenso como un ritual de autodescubrimiento, doloroso y siempre incierto. Y las heridas del descenso no cierran. En todo caso, se integran. Nanachi, en particular, encarna esta verdad de manera brutal. Su cuerpo y su memoria son testimonio viviente de una transformación irreversible. Incluso Reg, cuya condición híbrida de androide con recuerdos difusos lo sitúa en un estado de liminalidad permanente, se ve obligado a redefinirse a medida que el Abismo le arranca certezas. Este proceso de transformación es inevitable. El descenso nunca deja al héroe igual.
El caso de Reg introduce una inflexión decisiva: ¿qué ocurre cuando el que desciende no es completamente humano? Su androginia ontológica (ni niño ni máquina, ni carne ni artificio) tensiona la figura clásica del héroe que baja. Made in Abyss sugiere que incluso lo tecnológico, si puede sufrir y recordar, se ve arrastrado por la ley del descenso.
La subjetividad, en Made in Abyss, pero también en cualquier katábasis, es un campo de batalla en permanente mutación. Expuesta al límite y despojada de certezas, entra en un proceso de desestabilización constante, donde sobrevivir implica redefinirse a cada paso.

VI. Aunque la figura de la katábasis proviene de las mitologías más antiguas, su persistencia en la cultura contemporánea demuestra que el impulso de descender sigue siendo actual. En una época obsesionada con el ascenso (éxito, superación, resiliencia), obras como Made in Abyss recuerdan que no todo viaje apunta hacia arriba. A veces, el sentido está en bajar y en confrontar lo que normalmente preferimos evitar.
El descenso reaparece en narrativas recientes de distintas formas. En videojuegos como Hades, donde escapar del inframundo es una tarea interminable, o Undertale, donde el protagonista atraviesa un mundo subterráneo donde cada decisión redefine la identidad y el sentido del viaje; en reinterpretaciones literarias de los mitos; en series y películas que tematizan la pérdida o el duelo. Incluso en planos más íntimos de la subjetividad contemporánea la idea de «bajar» hacia zonas oscuras o incontrolables se mantiene como una necesidad vital.
Made in Abyss se inserta en esta sensibilidad contemporánea de manera excelente, pues no disfraza el descenso de heroísmo y suspende toda promesa de consuelo. Tampoco plantea el dolor como un simple obstáculo que debe ser superado. El Abismo, como metáfora, expone otra verdad. Hay experiencias que transforman, pero no necesariamente «sanan». Hay viajes que no te devuelven al punto de partida, como si al bajar no sólo se encontrara lo desconocido, sino una verdad que cambia la percepción de uno mismo.
En un tiempo donde el fracaso y la vulnerabilidad suelen ocultarse o negarse, Made in Abyss abraza la fragilidad como condición inevitable del existir. Su Abismo es algo más que un escenario fantástico. Es un espejo de nuestras propias caídas. De los trayectos que nos cambian para siempre. Como en las grandes historias de katábasis, en el descenso se encuentra la transformación misma de la identidad, una mutación que no siempre se «elige», pero que no deja de ser parte de la experiencia humana.
— E.
Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo. En La interpretación de los sueños (1900; ed. Amorrortu, 1978), donde Freud cita este verso de La Eneida, Libro VII.↩